La mentalidad internacional como competencia del siglo XXI: responsabilidad social, interconexión y apertura desde la primera infancia

Cristina Muñoz Martín
Directora del Colegio Británico de Aragón

La mentalidad internacional no es un pasaporte. Es una forma de estar en el mundo.

Cuando una familia viene a matricular a sus hijos a un colegio bilingüe como el nuestro y les hablamos de que sus hijos acabarán adquiriendo una mentalidad internacional, nos preguntan: “¿Y qué significa exactamente eso de la mentalidad internacional? ¿Es que van a viajar mucho?”

Cuando hablamos de educación internacional, la conversación suele derivar rápidamente hacia lo visible: los idiomas, los intercambios, las universidades de destino. Son elementos importantes, sin duda. Pero la mentalidad internacional es algo mucho más interesante que un sello en el pasaporte. No va de viajes. Va de cómo te relacionas con el mundo cuando no estás de viaje.

Lo que realmente significa

La mentalidad internacional tiene cuatro dimensiones que me parecen fundamentales.

La primera es la responsabilidad social: saber que lo que haces tiene consecuencias más allá de ti mismo, y que eso importa. La segunda es la interconexión: entender que los problemas del mundo no tienen fronteras y que tampoco pueden tenerlas las soluciones. La tercera es la apertura: la disposición a escuchar, a dejarse cambiar por lo que escuchas. Y la cuarta, quizás la más difícil, es la adopción de perspectivas: la capacidad de salir de tu propio punto de vista y ver las cosas desde otro lugar.

Estas cuatro dimensiones se aprenden despacio, con práctica y con un entorno educativo que las valore como el de los colegios del mundo. Por supuesto que haber viajado, hablar varios idiomas o tener compañeros de clase de distintas nacionalidades apoyan este proceso pero no son la base del mismo.

Lo que dice la investigación y lo que yo veo cada día

Hace unos años, International Baccalaureate Organization publicó un estudio (Thier et al, 2021) que comparaba los niveles de mentalidad internacional de alumnos del Programa Diploma con los de jóvenes que cursaban otras modalidades de bachillerato de los mismos países. Los resultados fueron claros: en todos los países analizados, incluida España, los alumnos del IB mostraron niveles significativamente más altos. Y algo que me parece especialmente revelador: esa diferencia era mayor en los alumnos que llevaban más tiempo cursando IB. Es decir, cuanto más tiempo estudian en un colegio del mundo, más crece esta dimensión.

Esto nos confirma algo que ya intuía desde hace años: la mentalidad internacional no es un rasgo de personalidad con el que se nace o no se nace. Es algo que se cultiva. Y el entorno educativo tiene mucho que decir en ese proceso.

Cuando un alumno de doce años debate sobre un dilema ético desde perspectivas culturales distintas a la suya, o cuando un estudiante de Bachillerato desarrolla su Monografía sobre una cuestión que le conecta con una realidad global, no está acumulando conocimientos. Está construyendo una identidad como ciudadano del mundo. Una identidad que, según los datos, perdura.

En nuestro colegio lo veo constantemente. Veo a alumnos que llegan con una visión más estrecha de lo que es normal, de lo que es correcto, de cómo deben ser las cosas, y con el tiempo van ampliando esa visión sin perder su identidad. Aprenden a sostener conversaciones difíciles con personas que piensan diferente. Se interesan de verdad por realidades que no son la suya.

Eso no lo produce un viaje. Lo produce una educación que pone la mentalidad internacional en el centro cada día.

Por qué esto me parece urgente ahora

Vivimos un momento en el que la tentación del repliegue es muy fuerte. En el que es más fácil que nunca rodearse solo de los que piensan igual, consumir solo lo que confirma lo que ya creemos y desconfiar de lo que nos resulta ajeno o incomprensible.

En este contexto, educar jóvenes con mentalidad internacional es, a mi juicio, una de las acciones más necesarias que podemos llevar a cabo.

No para producir jóvenes sin raíces que floten sobre el mundo sin pertenencia. Sino para formar personas que sepan que pertenecen a algo más grande que ellas mismas, y que ese algo les exige estar a la altura.

Eso es lo que intentamos hacer cada día. Y es lo que me sigue pareciendo, después de todos estos años, una razón muy poderosa para dedicarse a la educación.