Elegir escuela exige mirarnos como adultos. ¿Qué queremos repetir y qué estamos dispuestos a cuestionar de la escuela que conocimos?

Verónica García Bellina
Dirección de Mayrit Escuela Activa
Cofundadora de Mayrit y Taller Silvestre

Nadie dijo que fuera fácil. Elegir escuela para nuestros hijos e hijas no consiste únicamente en comparar proyectos educativos, instalaciones, horarios, idiomas o resultados académicos. También implica mirar hacia dentro y preguntarnos cuánto de lo que esperamos de una escuela responde realmente a lo que creemos que necesitan nuestras criaturas y cuánto procede, casi sin darnos cuenta, de la escuela que nosotros mismos conocimos.

Y esta revisión no siempre resulta cómoda.

Podemos recordar una escuela en la que había que permanecer mucho tiempo sentados, pedir permiso para hablar, aprender lo mismo al mismo ritmo y demostrar lo aprendido en un examen. Tal vez recordemos también el miedo a equivocarnos, la sensación de no ser suficientemente buenos en alguna materia o la impresión de que nuestras preguntas, nuestros intereses y nuestra manera particular de estar en el mundo quedaban fuera del aula.

Muchas familias saben que no quieren repetir algunas de esas experiencias. Sin embargo, cuando llega el momento de elegir escuela, las referencias que tenemos más grabadas son precisamente aquellas en las que crecimos.

“Nosotros tampoco hemos salido tan mal”.

Ante la posibilidad de hacer las cosas de otra manera, aparece fácilmente una frase conocida: “Nosotros fuimos a una escuela convencional y tampoco hemos salido tan mal”.

Es una idea comprensible. Nos permite confiar en lo conocido y evita el esfuerzo de revisar profundamente nuestras creencias. Porque cuestionar la escuela que vivimos también significa preguntarnos qué cosas aprendimos a normalizar, qué necesidades nuestras no fueron atendidas y qué parte de aquella experiencia seguimos reproduciendo sin haberlo decidido conscientemente.

Romper con lo convencional cuesta. Supone tolerar la incertidumbre, explicar nuestras decisiones a otras personas y convivir con dudas que reaparecen una y otra vez. Incluso cuando estamos convencidos de que la infancia necesita tiempo, juego, movimiento, vínculos seguros y oportunidades para tomar decisiones, podemos inquietarnos si nuestro hijo todavía no recita una tabla de multiplicar o si su cuaderno no se parece al que nosotros teníamos a su edad.

Las creencias escolares están profundamente arraigadas. A veces es más fácil valorar lo que puede medirse inmediatamente que confiar en procesos cuyo resultado es menos visible: aprender a reconocer lo que uno siente, pedir ayuda, sostener una Propuesta MLE dificultad, resolver un conflicto, tomar una decisión, descubrir qué interesa, defender una idea o comprender que el error forma parte del aprendizaje.

Qué solemos interpretar mal

Cuando un adulto descubre una autolesión, la primera lectura suele ser la misma: “que busca llamar la atención”,” que es una fase”,” que si el chico o la chica va bien en clase no puede estar sufriendo tanto”, “Si tiene de todo, porque va a estar mal”. Esa interpretación tranquiliza al adulto, pero deja al adolescente en la misma soledad e incomprensión.

Las tablas de multiplicar importan. Saber quién eres, también.

Cuestionar la escuela tradicional no significa restar importancia al aprendizaje académico. Una escuela debe enseñar muchas matemáticas y mucha lengua. Debe cultivar especialmente la comprensión lectora, porque comprender lo que se lee permite aprender, pensar, relacionar ideas, interpretar el mundo y participar en él.

Las criaturas necesitan adquirir conocimientos, desarrollar estrategias, practicar, esforzarse y enfrentarse a retos progresivamente más complejos. El bienestar no puede convertirse en una excusa para no enseñar, del mismo modo que enseñar no debería exigir sacrificar el bienestar.

La elección entre aprendizaje y bienestar es un falso dilema.

Un niño no aprende menos porque se siente seguro, conocido y respetado. Al contrario: cuando puede preguntar sin miedo, equivocarse sin sentirse juzgado y contar con un adulto que conoce su proceso, dispone de mejores condiciones para implicarse en lo que aprende.

Pero la educación tampoco puede reducirse a una sucesión de contenidos académicos. Mientras aprenden a leer, calcular, investigar o escribir, los niños y las niñas están construyendo una comprensión de sí mismos: descubren de qué son capaces, cómo reaccionan ante la frustración, qué necesitan para concentrarse, cómo se relacionan con otras personas y qué lugar creen que pueden ocupar en el mundo.

Una escuela puede enseñar la tabla del siete y, al mismo tiempo, ayudar a una criatura a no identificarse con la frase “se me dan mal las matemáticas”. Puede enseñar a escribir correctamente y también acompañar a alguien para que encuentre algo propio que merezca ser contado. Puede exigir esfuerzo sin convertirlo en obediencia, y ofrecer libertad sin confundirla con ausencia de límites.

Fundar una escuela desde la búsqueda de coherencia.

Mayrit Escuela Activa nació hace diez años de estas preguntas. Un grupo de familias y profesionales estábamos profundamente convencidos de que otra escuela era posible y decidimos construirla.

Esta convicción no nació de una ocurrencia ni de un rechazo caprichoso a la escuela convencional. Se inscribe en una tradición pedagógica con más de un siglo de recorrido, que ha defendido el aprendizaje a través de la experiencia, la autonomía progresiva, el respeto a los ritmos, el valor del vínculo y la participación activa de la infancia. También dialoga con el conocimiento acumulado por la psicología del desarrollo y las ciencias de la educación sobre cómo aprenden, se relacionan y construyen su identidad los niños y las niñas. Mayrit no nació para inventar una escuela extravagante, sino para llevar a la práctica, con rigor y coherencia, principios educativos ampliamente pensados, estudiados y ensayados.

Fundar una escuela así no fue sencillo. Tampoco lo es sostenerla cada día.

No basta con afirmar que la infancia está en el centro. Hay que revisar continuamente las decisiones, las estructuras, los límites, los espacios, las relaciones y las propias expectativas adultas. Hay que preguntarse si lo que hacemos responde realmente a Propuesta MLE las necesidades de las criaturas o si estamos regresando, por inercia, a aquello que conocemos mejor.

También nosotros convivimos con esas contradicciones. Cuando aparecen las dudas -porque aparecen-, las familias fundadoras que seguimos vinculadas a Mayrit volvemos al origen: a las razones que nos llevaron a pensar que merecía la pena crear y sostener esta escuela. No para reafirmarnos automáticamente en lo que ya decidimos, sino para volver a hacernos la pregunta incómoda: ¿qué creemos de verdad que necesitan las criaturas y qué estamos dispuestas a hacer para ser coherentes con esa respuesta?

Hacer lo de siempre suele ser más sencillo. Cuestionar lo aprendido, sostener decisiones que no todo el mundo comprende y revisar nuestras propias expectativas exige mucho más. Pero esta reflexión no es un lujo ni una preferencia educativa más: forma parte de nuestra responsabilidad como personas adultas. La coherencia no consiste en no dudar, sino en no permitir que la comodidad, el miedo o la costumbre decidan por nosotros.

Por eso, Mayrit no pretende ofrecer una fórmula perfecta, sino un compromiso: luchar cada día por construir una escuela en la que aprender y estar bien no sean objetivos enfrentados; en la que cada criatura pueda adquirir herramientas académicas sólidas sin dejar de explorar quién es; y en la que las familias encuentren un espacio donde compartir preguntas, dudas y decisiones.

Mayrit es una escuela pequeña. Y quizá precisamente por eso puede aspirar a algo profundamente valioso: conocer a cada niño y cada niña, mirar su proceso con atención y acompañar su crecimiento sin reducirlo a aquello que cabe en una calificación.

Elegir también es decidir qué no queremos normalizar.

Elegir escuela implica preguntarnos qué queremos que aprendan nuestros hijos e hijas. Pero también qué queremos que vivan mientras aprenden.

¿Queremos que aprendan a responder o también a preguntar? ¿A obedecer instrucciones o también a tomar decisiones responsables? ¿A evitar el error o a utilizarlo? ¿A competir constantemente o a reconocer que pueden aprender junto a otras personas? ¿A cumplir con lo esperado o también a comprender quiénes son y qué pueden aportar?

No existen elecciones educativas completamente libres de dudas. Nadie dijo que esto fuera fácil.

Pero quizá elegir con coherencia no consista en tener todas las respuestas, sino en atrevernos a formular preguntas que hasta ahora no nos habíamos hecho. Y en reconocer que la escuela que conocimos no tiene por qué ser la única escuela posible.