Paloma Sáinz
Educadora socioemocional
Empieza el curso. Los adolescentes entran en secundaria y, con ese tránsito, aparecen conductas de riesgo que antes no estaban. Hay una que casi nunca se nombra en la reunión de claustro: la autolesión. No porque no exista en el centro. Porque se oculta bien.
La LOPIVI, en su artículo 34, obliga a los centros educativos a elaborar protocolos de detección. Es un avance necesario. Pero un protocolo se activa cuando la conducta ya es visible, y para entonces suele llevar tiempo instalada. La pregunta que me hago después de 25 años acompañando a adolescentes no es cómo protocolizar mejor. Es por qué seguimos esperando a que la conducta escale para empezar a mirar.
El protocolo de la Comunidad de Madrid no sustituye la mirada previa
La Comunidad de Madrid cuenta con un protocolo oficial —Actuación ante una situación de posible riesgo, sospecha o evidencia de autolesiones de los alumnos de los centros educativos no universitarios—, de obligado cumplimiento para todos los centros sostenidos con fondos públicos. Define quién debe intervenir, cómo recoger la información y cómo comunicarse con la familia una vez abierto el caso.
Es una herramienta necesaria y no la cuestiono. Pero el protocolo empieza a funcionar cuando alguien ya ha detectado algo. Antes de esa detección hay un espacio que ningún protocolo cubre: el de aprender a detectar a tiempo las autolesiones, antes de que el caso llegue a abrirse. Ese espacio previo es el que trabajo con centros, profesorado y familias.
Qué solemos interpretar mal
Cuando un adulto descubre una autolesión, la primera lectura suele ser la misma: “que busca llamar la atención”,” que es una fase”,” que si el chico o la chica va bien en clase no puede estar sufriendo tanto”, “Si tiene de todo, porque va a estar mal”. Esa interpretación tranquiliza al adulto, pero deja al adolescente en la misma soledad e incomprensión.
Qué puede estar ocurriendo en realidad
La autolesión no suele ser un gesto dirigido a los demás. Es, con mucha frecuencia, una forma de dar salida a un dolor emocional que no ha encontrado otra vía de expresión verbal. Cuando un adolescente no ha aprendido a identificar lo que siente, a tolerar el malestar o a pedir ayuda, el cuerpo se convierte en el único lenguaje disponible.
Lo que dicen los datos
Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en 2025 en la revista European Child & Adolescent Psychiatry con más de 7.000 estudiantes de secundaria, encontró que uno de cada tres adolescentes de entre 12 y 16 años se había autolesionado en el último año sin intención de acabar con su vida.
El proyecto COM-ALN de la Universidad Rey Juan Carlos aporta otro dato que, para quienes trabajamos en las aulas, resulta muy familiar: el 99% de los jóvenes sabe qué son estas conductas, y el 79% conoce a alguien que se ha autolesionado, reconociendo en la mitad de los casos que se trataba de un amigo o una amiga.
Es exactamente el patrón que me encuentro en los talleres. Entre iguales, el problema se conoce. Entre adultos, casi nunca y asusta.
Señales que pueden observarse antes de que escale
- Cambios bruscos en el estado de ánimo que no encuentran explicación aparente.
- Aislamiento progresivo de un grupo de referencia que antes era estable.
- Uso sistemático de manga larga o vendajes en épocas de calor.
- Comentarios que minimizan el propio malestar o restan importancia al sufrimiento.
- Dificultad para nombrar lo que se siente, más allá de “estoy bien” o “no es nada”.
Ninguna señal aislada confirma nada por sí sola. Lo que orienta es el cambio respecto a cómo era antes ese adolescente.
Qué puede hacer un adulto de referencia
Preguntar de forma directa y sin dramatismo si hay algo que le preocupa y cómo se siente. Escuchar de forma activa, sin corregir ni juzgar la emoción. Recordarle que lo que siente es real y que no es un fracaso, sean cuales sean sus dificultades. Y transmitir, sin condiciones, que puede contar con apoyo para salir de ahí. Aunque no siempre responden a nuestras preguntas, pero han de sentir que estamos ahí, aunque en ese momento no quieran hablar.
Qué evitar
Restar importancia a la conducta o convertirla en un tema tabú del que no se vuelve a hablar. Reaccionar únicamente desde el miedo o el control, porque la vigilancia sin vínculo no resuelve la causa. Y, sobre todo, esperar a que el protocolo se active para empezar a observar.
Cuándo pedir ayuda profesional
Cuando la autolesión es reciente, frecuente o se acompaña de ideación suicida, la derivación a salud mental especializada no es opcional. La educación puede detectar, acompañar y prevenir. No sustituye el tratamiento clínico cuando este es necesario.
Qué puede hacer un centro educativo
Invertir en formación en detección precoz para centros educativos, no solo en protocolo reactivo. Enseñar a alumnado y familias a identificar la experiencia emocional, expresarla de forma saludable, tolerar el malestar y saber pedir ayuda. Y sostener espacios donde un adolescente pueda hablar antes de que el cuerpo tenga que hacerlo por él.
Cierre
Septiembre vuelve a traer el mismo dilema de siempre: esperar a que la conducta se haga visible y active el protocolo, o formar a los adultos de referencia para que puedan verla antes. Detectar a tiempo, acompañar siempre.
Siguiente paso
En La Paz de Paloma www.lapazdepaloma.es trabajo la detección precoz de autolesiones y conductas de riesgo con alumnado, profesorado y familias, desde la experiencia como educadora social de 25 años, con el rigor de la neuroeducación y la educación emocional.
Si en tu centro os estáis planteando cómo abordar este curso la formación en detección temprana, podéis conocer el programa en la web.

