Liderazgo educativo ante la IA: una cuestión de criterio, humanidad y voz

Raquel López
Fundadora de Ethiceye

En 2022, cuando la inteligencia artificial generativa empezó a entrar en nuestras conversaciones, muchos centros educativos todavía estaban intentando consolidar algo que llevábamos años llamando transformación digital.

La pandemia había acelerado la digitalización de las aulas y, después de ella, esa transformación adquirió todavía más presencia en las estrategias de los centros. Pero no partíamos de cero. Ya existían marcos europeos como DigCompEdu, orientado al desarrollo de la competencia digital docente, y DigCompOrg, pensado para ayudar a las organizaciones educativas a avanzar en su capacidad digital. También teníamos herramientas de autoevaluación, planes digitales de centro, formación docente y distintas iniciativas destinadas a convertir la competencia digital en una responsabilidad compartida.

Habíamos hecho un esfuerzo importante por poner nombre a las competencias que necesitábamos y por definir cómo debía avanzar una organización educativa en su transformación digital. Pero una cosa es disponer de marcos y otra conseguir que se conviertan en cultura de centro.

Ahí aparece una cuestión de liderazgo que, a mi juicio, seguimos teniendo pendiente. La transformación digital no depende únicamente de que una persona sepa utilizar una herramienta o de que un centro tenga un buen plan. Necesita personas capaces de comprender los cambios, generar confianza, escuchar a su comunidad y tomar decisiones alineadas con una visión educativa clara y valores.

La IA ha acelerado una transformación que ya estaba en marcha

Y entonces llegó la inteligencia artificial.

La llegada de la IA ha hecho que muchas de aquellas preguntas sobre transformación digital adquieran una dimensión diferente. Los equipos directivos tienen ahora que pensar qué puede hacer el alumnado con estas herramientas, qué información puede introducir el profesorado, cómo cambian las formas de evaluar, qué usos son adecuados, qué riesgos existen y qué necesita saber una familia para comprender lo que está ocurriendo en el centro.

Todo esto sucede mientras las direcciones siguen ocupándose de personas, convivencia, familias, burocracia, organización, resultados, cambios normativos y de un profesorado que también necesita acompañamiento y que se siente cada vez más saturado.

Y comprendo la sensación de desbordamiento. He estado al otro lado, en las aulas, y sigo acompañando a docentes y centros en estos procesos. Sé lo difícil que resulta afrontar todo esto cuando la realidad de un aula tiene muchas otras prioridades y la IA se suma a una lista de retos que ya era suficientemente larga.

La realidad es que también la inteligencia artificial no va a esperar a que un centro tenga perfectamente resuelta su estrategia digital ni a que todos sus docentes se sientan preparados. Ya estamos viendo el ritmo frenético al que avanza y cómo está modificando la manera en la que el alumnado aprende, busca información, escribe, crea y resuelve tareas también fuera del aula. La cuestión es cómo respondemos a ese cambio y, sobre todo, quién está ayudando a la comunidad educativa a decidirlo.

Liderar cuando no tenemos todas las respuestas

Creo que aquí está uno de los grandes cambios que introduce la IA en el liderazgo educativo. Durante años hemos hablado de acompañar la incorporación de tecnología, de formar al profesorado y de facilitar la innovación. Ahora necesitamos añadir otra capacidad como es la de interpretar lo que está ocurriendo y decidir qué sentido tiene para nuestro centro.

Eso requiere criterio, pero también cualidades profundamente humanas.

Un buen liderazgo necesita capacidad de escucha para entender las resistencias y las dudas del profesorado, empatía para acompañar sin convertir cada cambio en una nueva exigencia, pensamiento crítico para cuestionar las promesas que llegan con cada tecnología y visión para mantener el proyecto educativo por encima de la herramienta de turno. También necesita cierta serenidad para aceptar que no siempre tendremos una respuesta inmediata ni tampoco hace falta.

Una dirección no tiene que convertirse en experta en inteligencia artificial, tiene que poder liderar las conversaciones que la IA está abriendo en su centro. Eso significa preguntar antes de incorporar, comprender antes de establecer una norma, escuchar antes de decidir y explicar las razones de las decisiones que se toman.

También significa saber reconocer cuándo no tenemos suficiente conocimiento y necesitamos buscarlo fuera. Pedir ayuda no debilita el liderazgo. En una transformación tan rápida como esta, probablemente sea una de sus expresiones más responsables. Por último, hay otra cualidad que considero especialmente importante como es la capacidad de construir comunidad. Ninguna dirección debería tener que decidir en solitario cómo afrontar la inteligencia artificial. Necesitamos espacios donde los equipos puedan compartir dudas, contrastar experiencias y construir criterios comunes. Cuando una cuestión afecta a la manera en la que enseñamos, aprendemos y evaluamos, difícilmente puede resolverse desde una única mirada.

El liderazgo de las mujeres en educación

Esta conversación adquiere además una dimensión interesante cuando miramos quién ocupa hoy los espacios de dirección educativa.

En España, las mujeres representan el 68 % de las direcciones de los centros públicos de enseñanzas no universitarias, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Educación. Es una presencia que se ha consolidado a lo largo de los últimos años y que también nos plantea una responsabilidad sobre el futuro de la educación que estamos liderando.

Si estamos ocupando mayoritariamente los espacios desde los que se toman decisiones en los centros, tenemos mucho que aportar a la conversación sobre inteligencia artificial y educación. Y creo que también tenemos que alzar la voz y hacer llegar nuestra perspectiva a otros espacios de decisión tecnológica, donde la presencia masculina sigue siendo mayoritaria.

La experiencia de quienes conocemos las aulas, los equipos y las comunidades educativas debe formar parte de las conversaciones en las que se está definiendo el futuro tecnológico. Las decisiones sobre IA que afectan a la educación no deberían construirse únicamente desde la perspectiva de quienes desarrollan la tecnología. Necesitamos también la mirada de quienes van a acompañar su uso, de quienes conocen sus posibilidades y sus límites dentro de una comunidad educativa y de quienes tendrán que responder ante sus consecuencias.

Alzar la voz también es una forma de liderar. Y quizá una de las oportunidades que tenemos ahora como mujeres que lideramos educación sea precisamente esa, utilizar los espacios que ya ocupamos para participar en otros espacios en los que nuestra voz todavía tiene que ganar presencia.

La inteligencia artificial está abriendo una conversación sobre qué educación queremos construir y quién participa en las decisiones que van a definirla.

Fuentes: https://www.educacionfpydeportes.gob.es/prensa/actualidad/2026/03/20260306-igualdadcifras.html

Raquel López Hernández es fundadora de Ethiceye, consultora y formadora especializada en IA ética y responsable para educación y empresas. Con una larga trayectoria en educación, colabora con el European Digital Education Hub de la Comisión Europea en iniciativas relacionadas con la alfabetización en IA.

LinkedIn: www.linkedin.com/in/raquel-lopez-ia


Sobre la autora: www.ethic-eye.com/raquel/